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HENESTROSA EN MIS RECUEROS

Actualmente cuando oímos el apellido López Chiñas inmediatamente lo asociamos con Gabriel, el escritor juchiteco de un libro de relatos llamado Vinnigulasa (Cuentos de Juchitán); pero a ese apellido le dio lustre el hermano mayor Jeremías, hijo de Pedro López “cantor” , primo hermano de mi abuela, ambos nietos de Victoriana López, Na Vitu Lu, a quien Jeremías dedicó el mejor relato en nuestra lengua, diidxazá, sobre las aventuras de Lexu ne Gueu’ (Conejo y coyote, hasta ahora en prosa insuperada. Aclaro todo esto porque por allí ya lo están convirtiendo en hombre, llamándola Victoriano.
Jeremías López Chiñas había nacido el 28 de junio de 1901. Siendo muy joven luchó, durante la revolución mexicana, en las filas del general Charis, donde alcanzó el grado de capitán. Murió accidental, para nosotros trágicamente, el 15 de septiembre de 1941; no en un combate como se esperaría de un militar que alcanzó su grado en los campos de batalla, sino en un departamento de la ciudad de México, por un disparo hecho por un “turco” de Juchitán. He aquí el relato periodístico de los hechos que conmovieron a los istmeños, hasta ahora casi desconocido:

“HONDO PESAR DE LA COLONIA JUCHITECA POR LA MUERTE DEL CAP. J. LÓPEZ CHIÑAS”


En casa del estimable paisano Prof. Donato de la Rosa se hallaba un grupo de juchitecos celebrando animadamente el tradicional grito del 15 de septiembre, de la manera como es costumbre festejarlo en los hogares capitalinos, mas entre los concurrentes había unos señores recién arribados de la ciudad de Juchitán, quienes por haber bebido con algún exceso tuvieron entre sí disensiones personales y finalmente riña campal. Ajeno a estos disturbios hallábase Jeremías, como cariñosamente, le llamaban sus amistades pero notando que el escándalo arreciaba quiso apaciguar a los rijosos con tan mala suerte que uno de los que reñían, en el momento preciso que el Capitán Jeremías se interponía, disparó  su revólver, hiriéndolo tan gravemente, que minutos después fallecía, con la natural desesperación de familiares y amigos.(1)

De acuerdo con mi padre, el entierro de su tío el capitán Jeremías López Chiñas se realizó hasta el 29 de septiembre de ese año; es decir dos semanas después de su asesinato. La explicación que encuentro de esta tardanza fueron los homenajes que se le rindieron en la ciudad de México, entre ellos el que realizaron de artistas e intelectuales mexicanos, realizado en el Anfiteatro Simón Bolívar de la UNAM, en la que participaron entre otros el escritor Mauricio Magdaleno y el músico Luis Herrera de la Fuente, quien interpretó al piano unas sonatas de Bethoven según ví en una invitación impresa, mientras vivía en la casa de doña Magdalena y Gabriel López Chiñas, en la calle de Anémona, número 14, de la colonia Tlatilco. ¿Qué habrá sido de esa casa?
El homenaje que se le rindió no tenía nada que ver con su carrera militar, sino por su trabajo intelectual y organizador, junto con Andrés Henestrosa, de fundador de la Sociedad Nueva de Estudiantes Juchitecos de la revista cultural zapoteca Neza en 1935. Uno año antes de su trágica muerte había publicado Lexu ne Gueu’, donde incluyó a Gabriel con una versión en español del mismo relato y la traducción al inglés por José Vásquez Amaral, el futuro traductor de Ezra Pound al español, e ilustraciones del pintor oaxaqueño Francisco Gutiérrez. Todavía estamos esperando una reedición digna de esa obra o de otra que  supere a los autores de la primera edición.
A mediados de 1967, el presidente de la Asociación de Estudiantes Juchitecos, Miguel Guerra Vicente, nos dio una carta de presentación, a Felipe Herrera Acosta, Efigenio de la Cruz y a mí, para que fundáramos un periódico cultural que pretendía seguir los pasos de Neza y se llamaría Neza Cubi (Camino Nuevo), con el claro propósito de revivir la hazaña que a mediados de 1935 habían realizado Jeremías López Chiñas y Andrés Henestrosa, al publicar el periódico cultural llamado Neza, del cual Henestrosa fue director de los tres primeros números.
Nuestro “nuevo camino” tomó forma en casa y con el apoyo del licenciado Gabriel López Chiñas. Una vez que nos dimos cuenta que estábamos demasiado verdes para la empresa que nos proponíamos, invitamos a Macario Matus, que ya era profesor de educación primaria y estudiada contabilidad en la UNAM, para que fuera director; publicándose el primer número muy probablemente en abril o principios de mayo 1968; omitiéndose por nuestra inexperiencia la fecha de la publicación,, que apareció hasta en el segundo número.  Sin embargo Neza Cubi, sólo se parecía remotamente en los objetivos y en su contenido al Neza  que había dirigido Henestrosa, ya que su calidad era muy inferior a su antecesora. Como ya dije, estábamos muy verdes en edad para la empresa, pero también en nuestra formación intelectual. Y el movimiento estudiantil que se inició en la segunda mitad de 1968, puso en crisis no sólo a mi generación; sino también a mí en lo particular. Siendo los López Chiñas mis parientes, a partir de ese año a instancias de don Gabriel fui a vivir a la casa que había sido de Jeremías y donde vivía con doña Magdalena Ävila, viuda de Jeremías.
Hasta septiembre de 1968, don Gabriel no sólo nos dejó participar, sino que nos felicitó por nuestra conciencia social –me refiero a Silvia Urania, hija de Jeremías, sus hijos y a mí, mientras criticaba la apatía de Macario. Pero después de la toma de Ciudad Universitaria por el ejército el 18 de septiembre, encontró un buen motivo para regresarme a Juchitán de acuerdo con mi padre, donde estuve unos diez días y regresé el 3 de octubre en la madrugada para enterarme de la matanza perpetrada por el gobierno en la noche anterior; él cayó en una crisis nerviosa y nuestra relación se volvió tensa por nuestra participación, la de los hijos de Silvia Urania y la mía, en las brigadas estudiantiles.
En enero o febrero de 1969, nuestra relación se hizo insoportable y dejé su casa para ir a vivir con amigos. Perdí casa y comida segura, pero gané en libertad; porque mencionar el nombre de Andrés Henestrosa frente a él era provocarlo. Así que a partir del número 6, correspondiente al bimestre marzo y abril, hice uso de esa libertad; pues Macario Matus y yo fuimos a ver a don Andrés Henestrosa, en busca de sus consejos y de alguna colaboración suya.    Henestrosa vivía entonces en la calle de Perugino, que se encuentra al sur del Parque Hundido, por Insurgentes Sur. Nos recibió en su biblioteca y nos dio un artículo publicado para “refritearlo”, como se dice. Eso agravó mi situación y la de la revista, ya que don Gabriel nos retiró todo su apoyo y el de su familia. Quedamos pues a la deriva, pero libres del protectorado de mi tío.
Todavía en segunda mitad de los años sesenta, los días 15 de septiembre, recuerdo que acudían a aquella casa para darle pésames a la familia, entre otros, al ingeniero Amado Chiñas de la Torre, originario de Salina Cruz, Oaxaca, profesor de la Facultad de Ingeniería de la UNAM, el poeta Efraín Huerta, el entonces coronel del ejército Carmel López Chiñas. ¿Ahora quién recuerda la tumba del capitán Jeremías López Chiñas? Vamos a buscarla y, ser posible, poner sus restos junto a los del hermano menor que tanto lo quiso y a quien él protegió e hizo un hombre de provecho, como acostumbraba decir el licenciado Gabriel López Chiñas.
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1.-Tomado de Istmo. Órgano de Orientación Social al Servicio de los Pueblos Istmeños, México, D. F., 15 de septiembre de 1941, primera plana y página 4.