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Semana Santa entre los zapotecas

Segunda parte

“…Zeedu’ zeeda tidxu naa nuu saa ra li’dxu’
ti chiniá guie’
ti chiniá riunda’.”
“…Vendrás a invitarme a la fiesta de tu casa –Nabaana- para que te lleve flores para que te lleve cantos.”
Fragmento del poema Ribeza lii- Te espero de Irma Pineda

I
Azules, blancos, cafés, rojos  y  de  todos los colores las bolsas de plástico que se enredan de forma caprichosa a los  arbustos del  solar. A sus anchas  se extienden.  Se elevan  sobre el suelo. Adornan el paisaje  gris a modo de floreros. No los acompañan cruces,   cirios, tampoco    olores nostálgicos, mucho menos  nombres.  Debajo de ellos, están siete, quizás diez, tal vez una docena de cuerpos sepultados que  no tienen  identidad. Son los  olvidados del cementerio, los que por sanidad y humanidad fueron  depositados  en una porción de tierra del reino zá. Los que no recibieron  cantos ni llantos  este Domingo de Ramos, cuando los indígenas  zapotecas de Juchitán (población indígena del Sur de Oaxaca, México) visitaron  a los suyos en medio de rezos.
En más de 17 metros de una rústica pared de cemento que comprende la parte trasera del panteón municipal “Domingo de Ramos” se pueden leer   números y letras pintadas con  aerosol. Mayúsculas, minúsculas, dígitos romanos y decimales, garabatos dibujados sobre otros sin un aparente orden. Son    expedientes de un  Ministerio Público. Cada bloque de datos  identifica   las fosas comunes que  guardan los cuerpos de  guatemaltecos, hondureños, salvadoreños,  mixes, huaves, zoques o  extraños que murieron  accidental o violentamente en este cinturón del país.
De todas las tumbas, sólo tres recibieron bendiciones, aunque nadie reclamó los cuerpos aprisionados. Son centroamericanos que fueron sepultados   en el 2007 después de ahogarse en las costas del Golfo de Tehuantepec cuando  la lancha en que viajaban se hundió por el mal tiempo y el sobrepeso. El expediente que los identifica se borró con  el  polvo y el tiempo, sólo aparecen  en  las estadísticas de los consulados centroamericanos, el Estado mexicano y algunas ONGS.
Según los datos de  Human Rights Watch en los dos sexenios panistas  en México murieron  y desaparecieron  más de 80 mil centroamericanos. Es posible que muchos de ellos terminaran en fosas comunes de algunos pueblos, sobre todo de los estados sureños como Chiapas, Tabasco, Oaxaca y Veracruz, en donde se registra el 55% del total de los secuestros.
En esta Semana Santa para los no bendecidos del camposanto  zapoteca no hay colores,  olores, rezos, copal, tampoco  visitas, sólo olvido.
II
Mi abuela  decía que en Nabaana -Semana Santa- los libros de la iglesia se cerraban porque eran días santos, sagrados. En la  Semana Mayor  nadie se casaba, ni  celebraba nada. La alegría se reservaba para el día en que las familias  visitaban a sus muertos en los panteones.
“Somos los invitados de tu abuelo por hoy”, era la explicación más sencilla que mi abuela  daba cada vez que le preguntaba el porqué  nos concentramos  todo el día en la tumba. Hoy, a la Sema Santa muy poco le han dejado de sagrado,   lo  que no se ha olvidado es  la visita a los parientes muertos.
Los estudiosos  coinciden con mi abuela, aunque de manera más profunda explican  que con la visita a sus muertos, los indígenas zapotecas dan inicio a la Semana Mayor, y celebran a la par el inicio del año nuevo zapoteco.
Los zapotecas están  con sus muertos  hasta entrada la madrugada. Son los únicos que  conviven con sus difuntos en Semana Santa y lo hacen en correspondencia a la visita que éstos  les realizaron en Todo Santos, en octubre, explica el historiador e investigador zapoteca, Víctor Cata.
Además,  el inicio del año nuevo zapoteco sucede también en marzo, según el calendario antiguo, por eso coincidía con la cuaresma cristiana. El año nuevo comenzaba el  12 de marzo aproximadamente, según Fray  Francisco de Burgoa, cronista  dominico del Siglo XVII.
De acuerdo  con Víctor Cata el   año  zapoteco antiguo terminaba  el 7 de marzo, a partir del cual había un periodo de cinco días que eran considerados aciagos, funestos. A este periodo se le llamaba Beu huini, que significa mes pequeño. En este lapso de tiempo al igual que pensaba mi abuela, era tiempo de guardar, de duelo, de angustia, de mala suerte, un periodo de suspenso, “donde no se sabía si la vida iba a continuar, porque se temía una catástrofe”.
Actualmente se le teme a la luna nueva, a la  que se le llama beu huini, porque se piensa  que desequilibra a las personas, que influye sobre las mujeres embarazadas.
Con el paso del tiempo, habido un proceso de sincretismo religioso, en donde confluyen y se amalgaman ritos de la gentilidad zapoteca y mitos de la religión católica.
Llegar al panteón de Juchitán es mirar  un mosaico cultural teñido con diferentes olores, llantos, humos, rezos e innovaciones.
El ritual que se efectuó ayer  en el panteón "Domingo de Ramos" de Juchitán se repetirá en los otros cementerios de la ciudad, así como en otras comunidades zapotecas del Istmo.